El origen de la Fiesta de La Folía se remonta a la conmemoración de la llegada de la Virgen de la Barquera a San Vicente, tradición ligada a la historia de la Virgen, si bien, no puede datarse con precisión su fecha histórica.
La leyenda hoy popularizada de La Folía, pero narrada antaño por el padre Antonio Iglesias (1876-1959) con alegría, honor y orgullo, cuenta que:
En los días aciagos de la invasión y dominación sarracena de nuestra España trataron los musulmanes de desterrar la religión cristiana.
En estas circunstancias tristes, un día venturoso, no falta quien piensa que fue un martes de Pascua, los vecinos de San Vicente vieron dirigirse hacia la ría una embarcación misteriosa, al parecer sin piloto, sin timón, sin tripulantes, sin remos ni velas, envuelta en clarísimos resplandores, guiada por una imagen milagrosa, que se dirigía hacia San Vicente.
Desde el firmamento bellísimo resplandecía el sol como una ascua de oro; la mar inalterable y calma, dulcemente rizada por manso rompiente de olas; éste fue el marco sencillo y a la vez grandioso que escogió la Virgen, Reina del Cielo y Tierra, para hacer su entrada en San Vicente cruzando la barra para colocar su trono de gracias en la villa marinera.
Apenas los feligreses, felices moradores de San Vicente, divisaron la barquilla -deslumbrante de claridad y hermosura- quedaron atónitos y perplejos ante aquella aparición inesperada, no sabiendo qué quería significar el Cielo con aquella maravilla y, viendo que se detenía a la entrada del puerto, fueron a dar noticia de aquel admirable acontecimiento a los sacerdotes de la Villa, quienes, por inspiración de Dios, reunieron presurosos el pueblo en la iglesia parroquial y, en solemne procesión, se dirigieron al lugar donde la portentosa barquilla, balanceándose sobre las tranquilas aguas, esperaba su arribo a la orilla.
Lleno de emoción quedó el pueblo al contemplar la misteriosa nave y, presa de asombro y profundo respeto, se arrodillaron todos en tierra para recibir reverentes la singular merced que el Cielo les hacía.
Los venerables sacerdotes, representantes del pueblo, recogieron en sus ungidas manos la milagrosa imagen, y entre los cánticos litúrgicos del clero, las aclamaciones entusiastas del pueblo, los suspiros, los sollozos, las lágrimas y los latidos del corazón de todos -que formaban un himno de amor y de gratitud indescriptible-, trasladaron a la iglesia parroquial, la capilla de San Vicente, la milagrosa efigie, que había elegido como lugar de especial culto y trono de favores y gracias el sencillo, hospitalario y piadoso pueblo de San Vicente.
De los documentos, legajos o inventarios oficiales a los que poder acudir para encuadrar su contexto, parece razonable pensar que, si la imagen de la Virgen salía en procesión desde su Santuario en Sábado Santo hacia la villa, para tener el encuentro con su Hijo Resucitado el Domingo de Pascua, volviese en procesión el “Martes de Pascua Florida”, en celebración de La Folía.
El historiador Valentín Sainz afirma que la fiesta de La Folía ya se celebraba en 1753, basándose en la existencia de un inventario de bienes de la Virgen de la Barquera en el que se mencionan unas “cortinillas” PARA CUANDO SALE o, PARA CUANDO VA DE CAMINO nuestra Señora.
Esas cortinillas habrían de ocultar la talla evocando con claridad el Sábado de Gloria, único día en que la Barquera abandonaba su ermita por tierra para volver a ella por mar entre las aclamaciones de todos sus hijos el Martes de Pascua Florida, nuestra Folía, que siempre simbolizó el aniversario de la aparición de la Virgen.
Esta tradición iría evolucionando con los siglos hasta convertirse en la emotiva y multitudinaria celebración que hoy conocemos como La Folía, celebrándose el segundo domingo después de Semana Santa. Se ha convertido en una de las romerías marítimas más importantes del norte de España.